El
ideal de la sociedad humana, desde el punto de vista cristiano,
es la construcción del Reino de Dios, es decir, la realización
de la historia humana como historia de la salvación.
Estos dos conceptos, “Reino de Dios” e “Historia
de la Salvación”, expresan y formulan el contenido
de un proceso de “humanización” en este mundo,
en el sentido en que se formula en la Populorum progressio: “El
verdadero desarrollo es el paso, para cada uno y para todos, desde
condiciones de vida menos humanas a condiciones más humanas”
(n. 20)
Es fácilmente comprobable la visión precursora de
Adolfo Kolping respecto al Magisterio social de la Iglesia, al
concebir la transformación de la sociedad a partir de la
superación de las condiciones infrahumanas que aquejaban
a un vasto sector de sus contemporáneos, creando un sistema
que se viene aplicando hasta nuestros días, a fin de recuperar
los valores fundamentales que hacen a la dignidad, a la promoción
social, cultural, laboral y religiosa del ser humano.
El Concilio Vaticano II entendió la misión de la
Iglesia en el mundo como un servicio de humanización: “Dar
un sentido más humano al hombre y a su Historia”
(Gaudium et spes, n.40); la Obra Kolping, continuando el ideal
de su fundador, como institución católica de apostolado
laico, viene asumiendo esa misión desde hace un siglo y
medio, a través del ejercicio práctico del servicio
social.
Este servicio social se sustenta en el principio teológico
que lo distingue de cualquiera otra entidad de carácter
simplemente filantrópico. El Principio de que Cristo está
presente en todo prójimo y que la comunión con Cristo
pasa necesariamente por la solidaridad con el prójimo necesitado,
tal como se indica en el Evangelio (Mt. 25, 31-46).
Juan Pablo II se ha referido a la solidaridad como una “nueva
virtud”, muy cercana a la virtud de la caridad. Reconoce
en ella una base humana propia y una moral peculiar cuanto que:
• hace descubrir en el “otro” a un igual “en
el banquete de la vida”;
• canaliza la realización del designio divino, tanto
a nivel individual como a nivel nacional e internacional;
• y, apoyada en la justicia y regida por la caridad, eleva
el sentido moral más allá de lo que obliga la mera
justicia humana, haciendo “ceder” de lo propio para
enriquecer al otro (Sollicitudo rei socialis nn. 38 - 40)
En su encíclica Dives in misericordia, Juan Pablo II enseña
que, sin negar el valor de la justicia, la misericordia la completa
transmitiéndole la sobreabundancia moral de la caridad.
De este modo, la misericordia se convierte en el cauce de la justicia
y de la caridad. Y la solidaridad, a su vez, en el cauce funcional
de la misericordia.
El pensamiento del Santo Padre en la encíclica Sollicitudo
rei sociales concluye de este modo: “El objetivo de la paz,
tan deseada por todos, sólo se alcanzará con la
realización de la justicia social e internacional y, además,
con la práctica de las virtudes que favorecen la convivencia
y nos enseñan a vivir unidos para construir juntos, dando
y recibiendo, una sociedad nueva y un mundo mejor” (n.39).
De esta suerte, la causa de la paz llega a ser el fruto de la
práctica cristiana de la solidaridad, configurando el rostro
actual de la caridad.
Este “Manual de la Familia Kolping” concebido para
la utilidad de los socios y adherentes de la Obra Kolping, aspira
a llenar un vacío en la capacitación de quienes
han entendido su compromiso cristiano de amor al prójimo
como una urgencia de contribuir al desarrollo y la paz social
desde la práctica de la solidaridad organizada.
Se compone de un temario de formación amplio, pero elemental,
que cada cual procurará enriquecer de acuerdo a su necesidad
personal o al aprovecho de quienes lo requieran.
Como todo “manual”, constituye un instrumento de orientación
y de consulta para tener siempre “a mano”, y se complementa
con la “Guía del Dirigente” que facilita la
organización estructural indispensable para canalizar y
hacer fecundos los esfuerzos de quienes se interesan por este
modelo de apostolado social.
Al acercarnos al tercer milenio rogamos a Dios Padre misericordioso,
que nos conceda la gracia de profundizar cada vez más el
misterio de la humanidad divinizada por la presencia del Verbo
encarnado, nacido de María Virgen, para aprender que todos
somos hermanos, hijos de un mismo Padre destinados por igual al
banquete de la vida eterna, si contribuimos a prepararlo en la
vida presente.
Diciembre de 1998
Mons. Luis E. Martinoia.
Presidente
Fundación B.A.K.